Desde que te fuiste la casa se me ha quedado grande y resuena el eco. Cada mañana hago los recados en el mercado de la plaza y sin ti las bolsas y la vida me pesan el doble. Al mediodía me cuesta medir la cantidad de comida que debo hacer y siempre me paso y me sobra. Cada tarde voy dando un paseo a nuestro banco al parque y me acuerdo de cuando íbamos cuando éramos dos adolescentes en la época del noviazgo. Cada noche miro tu foto de la mesilla y la beso.
En una sociedad en la que la individualidad se castiga, acabamos siendo calcos casi exactos los unos de los otros. Normalmente, se habla del tema poniendo en foco en los jóvenes, pero si alzamos la mirada, veremos que ni nosotros ni los más mayores se libran. ¿Qué le espera a una sociedad que se cría, socializa y desarrolla buscando la homogeneidad, sino un futuro y final semejante?
En una habitación vacía, una silla de madera se balancea suavemente. La luz del sol entra por la ventana, iluminando el polvo que flota en el aire. Encima de la silla hay un libro abierto, que parecen florecer los recuerdos de tiempos pasados.
Una manta está desordenada, como un objeto olvidado y descuidado. El cuarto se siente solitario, y todo lo que le rodea son momentos que ya no están. La escasa luz ilumina éstos momentos los transforma en recuerdos. La silla, el libro y la manta cuentan historias de lo que fue aquella pobre anciana, dejando un aire de nostalgia por la conexión que tuvo con la vida.
Tras una vida entera, llena de experiencias, de vivencias, de situaciones agradables y desagradables, de conversaciones, de amistades... echas la vista atrás y te das cuenta de que, llegado a cierto punto, nada es como antes y nadie es como antes. Lo único que puedes hacer, a menudo, ante esta soledad física y metafísica es mirar al frente y practicar tu mejor sonrisa.
En el silencio del blanco y negro, un hombre de barba densa y rostro marcado se asienta en un rincón olvidado del tiempo. Su mirada, casi distante, parece observar el mundo sin realmente participar en él. En su expresión, se puede ver cómo lo normal y lo especial se mezclan. La simplicidad de la imagen contrasta con la complejidad que sugiere su rostro. En ese instante, captura un momento de reflexión silenciosa y profunda.
El tiempo pasa, nos transforma, nos curte, nos llena de líneas y nos abandona. No obstante, el tiempo también nos regala la vida, la esencia del momento y la oportunidad de encontrar y disfrutar sensaciones y experiencias únicas. Aunque muchas veces lo veamos de manera negativa, el tiempo es un regalo, es todo lo que tenemos y lo único que no podemos recuperar. Por ello, hay que vivir, amar, sonreir, llorar, gritar… hay que aprovechar cada segundo de la vida y valorar cada segundo que alguien nos regala, porque solo tenemos una vida y la manera en la que decidimos vivirla es nuestro único legado.
Esta es la mecedora de mi abuela. Le encantaba mecerse mientras veía la televisión o tejía algún bolso que llevaría más tarde a la compra. Me recuerda mucho a ella. Y no porque haya muerto. ¡Qué va! Está perfectamente mi abuela, pero es que desde que se sacó el carnet de moto y se compró una Harley con el poco dinero que le da la pensión de jubilada no pasa por casa la señora. “Recuerdos de Lisboa” me escribe al Whatsapp esta mañana.
La soledad. Nacemos solos y morimos solos, pero no vivimos solos… ¿o sí? Tenemos la vida demasiado ocupada como para dedicar unos minutos a quienes nos han dedicado horas de cariño ¿o no? Cada vez menos gente intenta hacer un hueco en sus apretadas agendas a las personas mayores que las rodean y ni se esfuerzan en dedicarles un par de minutos que a nosotros no nos supone nada, pero a ellos les alarga la vida.
Imagen de la mecedora: Recuerdo aquellos días en los que tenía ocho años y me sentaba junto a mi abuelo en la mecedora del salón. Ese rincón acogedor y lleno de paz era nuestro lugar, donde él me contaba historias y me leía libros cada fin de semana que iba a visitarlo. Ahora, aunque él ya no esté, la mecedora me hace recordarlo a él y a todos esos momentos de disfrute y amor que compartimos. Me evoca recuerdos y una pausa para reflexionar de la vida. Ese simple objeto guarda para mí recuerdos mágicos y, ahora que tengo frente a mí la mecedora vacía, sigo sintiendo paz. Sentada en ella, el tiempo parece ir más despacio, y aunque él ya no esté, continúo usándola para leer, haciendo de ese espacio un refugio eterno.
IMAGEN SEÑORA EN EL BANCO
ResponderEliminarDesde que te fuiste la casa se me ha quedado grande y resuena el eco. Cada mañana hago los recados en el mercado de la plaza y sin ti las bolsas y la vida me pesan el doble. Al mediodía me cuesta medir la cantidad de comida que debo hacer y siempre me paso y me sobra. Cada tarde voy dando un paseo a nuestro banco al parque y me acuerdo de cuando íbamos cuando éramos dos adolescentes en la época del noviazgo. Cada noche miro tu foto de la mesilla y la beso.
En una sociedad en la que la individualidad se castiga, acabamos siendo calcos casi exactos los unos de los otros. Normalmente, se habla del tema poniendo en foco en los jóvenes, pero si alzamos la mirada, veremos que ni nosotros ni los más mayores se libran. ¿Qué le espera a una sociedad que se cría, socializa y desarrolla buscando la homogeneidad, sino un futuro y final semejante?
ResponderEliminarLibertad del día infinito, sin llamadas
ResponderEliminarSin ven aquí o vete allá.
Sólo plenitud de las horas prolongadas
Como chicle del chupachús de Kojac.
Libertad.
https://es.wikipedia.org/wiki/Fotograf%C3%ADa_en_blanco_y_negro#/media/Archivo:Miradas.jpg
Bajo la luz de la ventana (imagen de la silla)
ResponderEliminarEn una habitación vacía, una silla de madera se balancea suavemente. La luz del sol entra por la ventana, iluminando el polvo que flota en el aire. Encima de la silla hay un libro abierto, que parecen florecer los recuerdos de tiempos pasados.
Una manta está desordenada, como un objeto olvidado y descuidado. El cuarto se siente solitario, y todo lo que le rodea son momentos que ya no están. La escasa luz ilumina éstos momentos los transforma en recuerdos. La silla, el libro y la manta cuentan historias de lo que fue aquella pobre anciana, dejando un aire de nostalgia por la conexión que tuvo con la vida.
- Imagen del hombre sonriendo frente a la cámara.
ResponderEliminarTras una vida entera, llena de experiencias, de vivencias, de situaciones agradables y desagradables, de conversaciones, de amistades... echas la vista atrás y te das cuenta de que, llegado a cierto punto, nada es como antes y nadie es como antes. Lo único que puedes hacer, a menudo, ante esta soledad física y metafísica es mirar al frente y practicar tu mejor sonrisa.
En el silencio del blanco y negro, un hombre de barba densa y rostro marcado se asienta en un rincón olvidado del tiempo. Su mirada, casi distante, parece observar el mundo sin realmente participar en él. En su expresión, se puede ver cómo lo normal y lo especial se mezclan. La simplicidad de la imagen contrasta con la complejidad que sugiere su rostro. En ese instante, captura un momento de reflexión silenciosa y profunda.
ResponderEliminarEl tiempo pasa, nos transforma, nos curte, nos llena de líneas y nos abandona. No obstante, el tiempo también nos regala la vida, la esencia del momento y la oportunidad de encontrar y disfrutar sensaciones y experiencias únicas. Aunque muchas veces lo veamos de manera negativa, el tiempo es un regalo, es todo lo que tenemos y lo único que no podemos recuperar. Por ello, hay que vivir, amar, sonreir, llorar, gritar… hay que aprovechar cada segundo de la vida y valorar cada segundo que alguien nos regala, porque solo tenemos una vida y la manera en la que decidimos vivirla es nuestro único legado.
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ResponderEliminarTexto literario: la fotografía de la mecedora.
Esta es la mecedora de mi abuela. Le encantaba mecerse mientras veía la televisión o tejía algún bolso que llevaría más tarde a la compra. Me recuerda mucho a ella. Y no porque haya muerto. ¡Qué va! Está perfectamente mi abuela, pero es que desde que se sacó el carnet de moto y se compró una Harley con el poco dinero que le da la pensión de jubilada no pasa por casa la señora. “Recuerdos de Lisboa” me escribe al Whatsapp esta mañana.
La soledad. Nacemos solos y morimos solos, pero no vivimos solos… ¿o sí? Tenemos la vida demasiado ocupada como para dedicar unos minutos a quienes nos han dedicado horas de cariño ¿o no? Cada vez menos gente intenta hacer un hueco en sus apretadas agendas a las personas mayores que las rodean y ni se esfuerzan en dedicarles un par de minutos que a nosotros no nos supone nada, pero a ellos les alarga la vida.
ResponderEliminarImagen de la mecedora:
ResponderEliminarRecuerdo aquellos días en los que tenía ocho años y me sentaba junto a mi abuelo en la mecedora del salón. Ese rincón acogedor y lleno de paz era nuestro lugar, donde él me contaba historias y me leía libros cada fin de semana que iba a visitarlo. Ahora, aunque él ya no esté, la mecedora me hace recordarlo a él y a todos esos momentos de disfrute y amor que compartimos. Me evoca recuerdos y una pausa para reflexionar de la vida. Ese simple objeto guarda para mí recuerdos mágicos y, ahora que tengo frente a mí la mecedora vacía, sigo sintiendo paz. Sentada en ella, el tiempo parece ir más despacio, y aunque él ya no esté, continúo usándola para leer, haciendo de ese espacio un refugio eterno.
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